La pintura de Pere de Ribot. (1989)

 

En tres años la pintura de este joven artista de Gerona ha evolucionado dentro de unos planteamientos singulares: la constante investigación sobre espacios arquitectónicos sólo esbozados, sólo intuidos difíciles de presenciar sobre unas texturas grumosas, accidentadas, ricas en veladuras. Desde este punto de partida nuestro creador configura una atmósfera densa, cargada, donde su característica sobresaliente fue la cerrazón, la pesantez de inmensas bóvedas, la dureza de los arcos y, fundamentalmente, la insistencia un unos pocos colores oscuros siempre dentro de la gama de los azules, grises, negros quizá verdes. En este paisaje Pere de Ribot se sintió inclinado a desarrollar en el espectador una sensación de vacío, de pasos ausentes, de escasos fríos. Incluso se podría afirmar que vagaba una cierta angustia en las galerías trazadas por este joven pintor. En el lienzo todo parecía exclamar, al unísono, que no había salida.

Sin embargo, tal como habíamos esbozado, este es el primer paso de una investigación que continua su andadura: en las últimas creaciones. Dentro de una detectable evolución plástica, Pere de Ribot comienza, quizá hace un año y medio, a romper aquellos límites espaciales y arquitectónicos. Perviven las texturas quizá cada vez más acusadas, más trabajadas, más llenas fe intenciones. Sin embargo muchos elementos cambian: crecen los colores, se abren las puertas, se alumbran horizontes. Los techos van desapareciendo para permitir que las nuevas arquitecturas se eleven sueltas, dispersas en campos abiertos. Las bóvedas dan paso a las columnas alienadas sin entablamentos que las limiten. Los pórticos ofrecen una luz cada vez más explícita, las escaleras nos invitan a subir, aquí una terraza allí un improvisado mirador.
 El cielo, poco a poco, comienza a imponerse. Sin embargo que nadie se imagine que hemos llegado a los claros azules, a los nítidos y transparentes amarillos. No es así, la gama de colores utilizada por Pere de Ribot se ha ido ampliando, sin embargo, sin dar saltos, las nuevas tonalidades amanecen en países brumosos, neblinosos. Es verdad, estamos fuera, pero no bañados por una luz directa sino que estamos bañados por una luz indecisa, de procedencia difícil de concretar. Por lo tanto los colores se enardecen con lentitud, como desperezándose. El amarillo, tímidamente, cubre un lienzo de pared, el rosa tiñe, con cuidado los primeros compases de un orgulloso templete oriental. Así los verdes, los azules brillan mucho más pero siempre tamizados por la veladura oscura que los armoniza con los demás elementos del lienzo. Diríase que aquella angustiase ha convertido en una nueva esperanza, quizá búsqueda que ha llevado al pintor a romper, suavemente, con el inmediato pasado. Incluso ese viaje al exterior ha hecho ganar a la obra en sugerentes irrealidades. Se trata de un jardín, en el que ahora habita en la obra de Pere de Ribot, en el que cualquier sorpresa es posible. Columnas, fuentes, barandillas, escaleras no nos llevan a un lugar concreto, sólo insisten, una y otra vez, recordándonos que la pintura está abierta.

 

Ignasi de Bofarull